El país que imaginábamos hace una década ya no existe. No es solo una percepción de pasillo o el eco de las redes sociales; son los datos los que hoy nos devuelven una imagen cruda y transformadora.
La Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida (ENCOVI) 2025, presentada por la UCAB, no es solo un compendio de estadísticas: es el pulso de una Venezuela que lucha por no quedar rezagada mientras su estructura misma cambia para siempre.
La ENCOVI 2025 es un estudio probabilístico y polietápico diseñado por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES) de la UCAB para diagnosticar la realidad socioeconómica del país. El levantamiento de campo se realizó entre marzo y junio de 2025, con datos referenciados al mes de mayo, sobre una muestra representativa de 11.352 hogares en todo el territorio nacional.
La fragmentación de las familias
Uno de los hallazgos más impactantes es el tamaño de nuestra población. Para este 2025, se estima que en Venezuela residen 28,5 millones de personas. ¿Qué tiene esto de dramático? Que las proyecciones de Naciones Unidas de hace diez años preveían que seríamos más de 34 millones. Esos 5,5 millones de diferencia son el rostro de la migración, pero también de un aumento en la mortalidad y de nacimientos que nunca ocurrieron en suelo venezolano. Además, nos estamos haciendo viejos más rápido de lo previsto. Hoy, 1 de cada 7 habitantes es una persona adulta mayor. El «bono demográfico» se nos escapa entre las manos, dejando una carga de dependencia demográfica que no esperábamos ver sino hasta el año 2040.
Menos desigualdad, pero pobres
La ENCOVI 2025 dibuja una Venezuela de contrastes donde la estadística económica ofrece un leve respiro, pero la vulnerabilidad social permanece alerta. Por primera vez en años, el Índice de Gini —termómetro de la desigualdad— muestra una reducción al situarse en .459, por debajo del .539 de 2024, lo que sugiere una leve compresión de las brechas de ingresos. Este movimiento coincide con una estabilización de la pobreza multidimensional en 55 % (el mismo de 2022) un indicador que ha dejado de escalar pero que se mantiene anclado en la mitad de la población. Detrás de este equilibrio precario late un cambio en el motor de supervivencia: mientras las remesas se han estancado en cobertura, la dependencia de las transferencias estatales se ha sofisticado, con una cobertura de bonos que alcanza al 81,4% de los hogares, aunque con una capacidad de compra que sigue siendo insuficiente para sacar a las familias de la línea de flotación.
Educación: El aula vacía y la brecha que crece
Si la educación es el motor del desarrollo, el motor venezolano está perdiendo piezas. Actualmente, hay 1,2 millones de niños, niñas y adolescentes excluidos del sistema educativo. La cobertura total (63%) no ha logrado recuperar los niveles previos a la pandemia.
Lo más preocupante es la desigualdad: mientras que en el sector más rico la escolaridad se recupera, en los sectores más pobres la brecha se ensancha. ¿Por qué faltan a clase? Las razones son un síntoma del colapso de los servicios: fallas de agua, electricidad, falta de transporte e, incluso, la inasistencia del personal docente.
El hogar: Resiliencia con rostro de mujer
El hogar venezolano se ha reducido en tamaño (3,1 miembros en promedio) y ha consolidado un fenómeno: la feminización de la jefatura. En el 52% de los hogares, es una mujer quien lleva las riendas. Sin embargo, el mercado laboral les da la espalda: la participación económica en Venezuela es de apenas el 55%, muy por debajo del promedio latinoamericano (60% o más), y son las mujeres quienes más se refugian en la inactividad debido a los altos costos de inserción y la falta de sistemas de cuidado.
Servicios públicos: La crisis de la cotidianidad
Vivir en Venezuela en 2025 sigue siendo una carrera de obstáculos, de hecho mientras se redacta esta nota ocurrió un «bajón» de electricidad que apagó la computadora.
Agua: Aunque el 78% tiene acceso a acueductos, solo el 19% recibe el servicio de forma continua.
Electricidad: Un abrumador 39% sufre interrupciones diarias de varias horas.
Alimentación Escolar (PAE): Aunque llega a 2/3 de los estudiantes, solo el 26% recibe comida todos los días en su escuela.
Las cifras del drama
Con una población que se ha encogido hasta los 28,5 millones de habitantes, nuestra estructura demográfica hoy se asemeja a un reloj de arena desgastado: mientras el futuro se desangra con 1,2 millones de niños y adolescentes fuera de las aulas, el presente se encanece aceleradamente con uno de cada siete venezolanos ya en la tercera edad.
En este tablero de desigualdades, la pobreza no solo se mide en ingresos, sino en la fragilidad de un sistema de protección que pierde terreno: la cobertura del Programa de Alimentación Escolar (PAE) ha mostrado un retroceso en 2025, dejando a un tercio de los niños en pobreza extrema sin este soporte vital. Mientras la economía familiar se estanca, el gasto en salud se vuelve un lujo prohibitivo, obligando a que el 25% de quienes presentan dolencias recurran a la automedicación al no poder costear una consulta o medicamentos.
El anhelado retorno, lejos de ser una marea, es apenas un goteo del 7% de quienes se fueron; una circularidad silenciosa que trae de vuelta principalmente a los más vulnerables —niños y abuelos—, empujados más por las crisis externas en países como Ecuador y Colombia que por una recuperación interna sólida. Somos una nación que intenta reconstruirse entre el eco de la deserción escolar y la nostalgia del que vuelve, recordándonos que el país no se recuperará hasta que se retome la gobernabilidad y se desplieguen políticas públicas de impacto.
¿Quieres profundizar en los datos y entender el futuro que nos espera? No te quedes solo con el resumen. La información es la primera herramienta para el cambio.
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