En Venezuela cambia quien ocupa el poder, pero el rostro de la calamidad cotidiana sigue siendo el mismo: escasez de agua, apagones de días enteros, cocinas improvisadas por la falta de gas. El deterioro de los servicios básicos no ha acompañado los cambios políticos del país, sino que los ha sobrevivido.
El resultado es vivir atrapado en una cuenta diaria de cómo sobrevivir en un país donde el acceso a derechos fundamentales depende de la capacidad individual de resolver lo que el Estado no garantiza. Y en el mientras tanto, la promesa de recuperación convive con una infraestructura cada vez más frágil.
Porque no… los venezolanos no «bailan en las calles» como aseguró recientemente Donald Trump. Hacen cola para todo; para surtir gasoil, comprar velas, conseguir una bombona de gas o llenar un bidón de agua.
A un costado de la carretera Caracas–La Guaira, en la salida hacia Catia, el agua organiza la vida. Ana* llena tobos, se baña y guarda lo que puede para cocinarle a su hijo pequeño y usar el baño de su casa. El chorro que baja de un pequeño manantial se ha convertido en su punto de abastecimiento diario, aunque llegar implique caminar durante al menos 15 minutos por el borde de una autopista.
«Todos los días. Aquí me baño, aquí hasta me afeito. Esta agua es la vida de uno. La uso para cocinar, para darle a mi hijo», dice Ana, que vive en un rancho humilde antes del inicio del viaducto. No tiene agua corriente en su vivienda y depende por completo de este punto de recolección. El viejo coche de su nené es su carrito transportador.
En febrero, Delcy Rodríguez anunció la centralización del sistema de agua potable y saneamiento bajo la estatal Hidroven, con el argumento de «garantizar el pleno disfrute del servicio». La medida implicó la absorción de las hidrológicas regionales y municipales en una autoridad única nacional. Tres meses después, en plena capital del país, la escena protagonizada por Ana se repite con una normalidad que preocupa.
Una fila de vecinos espera turno con envases plásticos al pie de la montaña. Una, tres, cinco personas. Algunos suben con bidones sobre los hombros; otros llegan en moto con botellones amarrados a la parrilla; también hay quienes arrastran carretillas. El agua, aquí, no es un servicio continuo sino una logística diaria de acceso desigual.
La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2025 confirma que el problema es estructural, pues solo 29% de los hogares recibe agua diariamente y apenas 19% cuenta con servicio continuo. El resto, siete de cada 10 hogares, vive bajo racionamiento hídrico.
En el extremo más frecuente del acceso, el 60% de los hogares recibe agua solo varios días a la semana, mientras que un 11% depende de una frecuencia aún más crítica: una sola vez por semana. Son los mismos ciclos que aunque Armando José Franco, de 76 años, describe desde su experiencia, en realidad se han convertido en patrón nacional.
«El agua se va los domingos y regresa en la madrugada del jueves. Yo vengo dos o tres veces al día, dependiendo de lo que se utilice. Esto es por necesidad, pero ya uno está habituado. Los servicios de agua toda la vida han sido pésimos en El Chorrito. Aquí se acumula toda la comunidad, aquí hay que hacer cola», añade.
Transparencia Venezuela determinó que, durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, se invirtieron más de 316.000 millones de dólares en 246 obras públicas inconclusas o paralizadas. Entre ellas, al menos una veintena estaba destinada al sector agua y saneamiento, plantas potabilizadoras, embalses y sistemas de distribución, con capacidad de beneficiar a unos 10 millones de personas que nunca vieron materializados esos proyectos.

Dormir en la calle: sin luz el calor no se aguanta
Es plena madrugada y Brisas de La Vanegas, una barriada al norte de Maracaibo, quedó a oscuras. El frío que deja el aire acondicionado lo resguardan como un tesoro en un cuarto grande donde duermen dos niños y su madre. Pero la frescura dura apenas una hora. Después, el calor marabino, espeso incluso de noche, vuelve a meterse entre las paredes.
Eliu Fuentes opta por no mandar a sus hijos al colegio el día siguiente. Es una decisión que toma varias veces por semana, cada vez que los cortes eléctricos interrumpen el sueño y convierten la madrugada en una larga espera acompañada de sudor, mosquitos y mal dormir.
«Pasamos los días como zombies», cuenta.
Hasta diciembre, en su casa se iba la luz tres veces por semana. En febrero, el racionamiento aumentó a cuatro días semanales por cuatro horas. En mayo, apenas pasan dos días de la semana sin apagones. Ahora los cortes duran hasta cinco horas.
«Aquí no se puede estar. En la noche, cuando la quitan de 7 p.m. a 12 a.m., nos sentamos en el frente de la casa o nos acostamos en el cajón abierto de la camioneta. Cuando ya es tarde, como hoy, nos acostamos. Los niños se quedan dormidos mientras esperamos que llegue la electricidad».
Aun cuando los cortes ocurren de día, la rutina familiar se altera: las tareas quedan incompletas, el internet desaparece y cargar un teléfono se convierte en una preocupación más.
TAL CUAL


























