Al cumplirse 50 años de la aprobación de la Ley de Nacionalización Petrolera en Venezuela, una legislación que marcó un antes y un después en la historia del país, el historiador y miembro de la Academia Nacional de la Historia, Tomás Estraka, ofreció un análisis crítico sobre este trascendental evento. En entrevista para el programa «Petroguía», Estraka subrayó que, aunque en su momento se vivió como la «definitiva conquista de la independencia«, el balance actual revela una compleja paradoja.
Aprobada durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, la ley se concibió como el pilar de la «Gran Venezuela», una promesa de desarrollo que proyectaba al país como una nación próspera para el año 2000. El historiador recuerda la euforia de la época, simbolizada por el acto de firma de la ley frente al Acta de Independencia y su posterior depósito en el sarcófago de Simón Bolívar. Era la coronación del nacionalismo petrolero que, desde la década de 1930, buscaba un mayor control de los recursos por parte del Estado venezolano, precisó.
Sin embargo, a medio siglo de distancia, la euforia ha dado paso a una profunda reflexión. Estraka, quien compiló el libro «La Nación Petrolera», publicado en conjunto por la Academia Nacional de la Historia y la Universidad Metropolitana, describe la situación actual como un «epitafio» de aquellos sueños. La dependencia del país de una sola empresa, Chevron, y la desesperación por su actividad son, en sus palabras, la prueba de que el «gran éxito» de 1975 tenía «mucho caramelo envenenado».
El historiador hace hincapié en la visión de Rómulo Betancourt, quien en su momento fue criticado por proponer la participación continua de compañías extranjeras, una postura que hoy, a la luz de la historia, resulta premonitoria. Betancourt temía que la nacionalización total no garantizara la prosperidad a largo plazo, sino que, por el contrario, pudiera traer problemas.
Estraka explica que Venezuela se sumó a una «gran ola» de nacionalizaciones de los años 70, inspirada por los movimientos en países como Argelia, Libia y los del Medio Oriente. Si bien la idea no era nueva (México y Bolivia habían nacionalizado en los años 30), fue el boom petrolero de 1973 lo que hizo que la nacionalización pareciera la oportunidad ideal para tomar el control de una «suerte de premio gordo».
Escucha aquí el audio completo de la entrevista:
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